Por Ricardo A. Gordillo
A veces, una gran transformación comienza con algo tan sencillo como leer una palabra, escribir el propio nombre o comprender un libro.
Durante años, miles de personas enfrentaron esa barrera. En 2020, en Chiapas, 512 mil personas mayores de 15 años no sabían leer ni escribir. La tasa de analfabetismo alcanzaba el 13.69 por ciento, casi tres veces el promedio nacional.
Hoy, este desafío se ha convertido en una prioridad.
Chiapas Puede es un programa de gran trascendencia que une los saberes ancestrales con las herramientas del mundo moderno y digital. Sus resultados hablan por sí solos: más de 200 mil personas han sido alfabetizadas en aproximadamente año y medio, llegando prácticamente a todo el territorio chiapaneco, con el acompañamiento del INEA, cuya experiencia y trabajo han contribuido de manera significativa.
Pero quizá la cifra más importante no puede medirse en una estadística.
Está en esa primera palabra leída; en un mensaje que ahora puede comprenderse; en el propio nombre que, por fin, puede escribirse.
Está en una madre que podrá acompañar a sus hijos con la tarea.
En un adulto mayor que descubre que nunca es tarde para aprender.
En una persona que, después de años de enfrentar una barrera, descubre que hay nuevos caminos por recorrer.
Porque educar no es solamente transmitir conocimientos. Es formar, despertar conciencia y ofrecer herramientas para caminar por la vida con mayor autonomía y libertad.
Es encender una posibilidad: la de vivir con más oportunidades y construir un futuro más justo y duradero.
Por eso, cuando un gobierno, como el de Eduardo Ramírez Aguilar, decide poner la educación en el centro, no transforma solamente vidas: transforma a las familias, a las comunidades y, poco a poco, a la sociedad entera.
Es ahí donde la tarea educativa cumple su fin: ser la puerta que abre el camino hacia otros derechos.

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