Piedrazos
Héctor
Narváez
Los
comentarios que hoy hago en esta columna, es para que de alguna manera provoque
a la conciencia ante la situación mundial que estamos atravesando.
Porque
es necesario que, como seres humanos, reconozcamos que somos los principales
responsables de esta actual crisis de salud y económica que se nos vecina.
Todo
lo hicimos mal. Y ahora, empezamos a pagar las consecuencias de nuestras
acciones.
¿Perdimos
la conciencia?
No soy
ni el premio Pulitzer del periodismo, ni un escritor internacional. Tampoco me
considero un analista, menos un especialista en salud.
Pero,
si soy un habitante más de los miles de millones que sostiene esta tierra.
La
tierra que nos ha dado todo y que poco o nada le hemos devuelto.
¿Cuándo
nos íbamos a detener en contaminar el planeta, su aire, sus ríos, sus mares y
sus bosques y sus selvas?
¿Cuándo
nos olvidamos de que la tierra a la que ponemos a trabajar para producir los
alimentos diarios, también necesita descansar?
¿Hasta
cuándo empezaríamos a dejar de cazar animales en peligro de extinción y hasta
comernos los que no son aptos para el humano?
¿Quién
les dijo a los chinos que los murciélagos eran parte de nuestro régimen
alimenticio ¿Por qué matar a los perros cuando son los mejores y más fieles
amigos del hombre?
¿Qué
será que el ser humano en esta nueva era con tantos avances tecnológicos, de la
ciencia y medicina, si se la creyó que ya podía ser inmune a las enfermedades,
tanto como para no lavarse ni siquiera las manos?
¿Pero,
cómo es que los grandes científicos y especialistas no logran encontrar hasta
este momento una cura para un virus que es tan pequeño, pero que está cobrando
miles de muertos en toda la tierra?
¿A qué
hora empezamos a valorar más el dinero y el trabajo que nuestra salud? Qué
muchos lo pusieron encima de sus familias, aunque argumenten que lo hicieron
por sus hijos, ¿pero no será que en realidad fueron movidos por la ambición de
acumular riquezas y más riquezas?
¿Trabajamos
para vivir mejor, o para que vivamos peor, esclavizados a las deudas que
adquirimos con las transnacionales, que se van a quedar cuando lleguemos a
morir, no necesariamente por la pandemia, sino porque nos llegará la hora de
partir de este mundo?
¿Cuándo
entenderemos que, al fallecer, no nos llevaremos ni la casa, ni el carro, ni el
dinero guardado en el banco, ni el título, ni el orgullo de ser de una familia
importante?
¿Desde
qué momento nos descuidamos y nos hicimos tan dependientes de los gobernantes y
los políticos de este mundo?
¿Por
qué les dimos tanto poder, cuando ahora no tienen la capacidad para poder
atender esta emergencia?
¿Y por
qué, en medio de esta crisis, aún nos seguimos aferrando a esas figuras
públicas y hasta las defendemos, aunque no se pueda defender lo indefendible, y
cuando ni siquiera nos han pedido que salgamos a revirar a sus críticos?
¿Por
qué hicimos de la iglesia una religión? ¿Por qué dejamos de buscar a Dios,
aunque sea los domingos? ¿Por qué damos bendiciones en nombre de Dios, cuando
ya no leemos la biblia, menos tratamos de cumplir en parte con su palabra?
¿Por
qué preferimos pasar un sábado con los amigos de parranda y al domingo
siguiente nos sentimos tan mal de salud y por eso no atendemos a la familia?
¿En
qué instante empezamos a dejar a un lado los valores morales y la buena
educación que nos dieron nuestros antepasados, para darle entrada a un egoísmo
inhumano y enseñarles a nuestras generaciones que solo el interés personal es
lo que vale?
¿Desde
cuándo los seres humanos perdimos la conciencia? Y sí, la perdimos. Como
también perdimos la cordura.
Pasamos
encima de todos y de todo. Y ahora, recibimos la recompensa con una pandemia
que no solo amenaza a nuestras vidas, sino también a nuestra economía y a
nuestro futuro.
¿Quiénes
somos?
Yo no
soy perfecto. Quizá sea de las personas llenas de defectos, aunque también
tengo mis virtudes.
Pero,
soy parte de esta población de México y del mundo, que se encuentra en eminente
peligro con el virus.
No soy
de aquellos, que son una gran parte, que han puesto en riesgo a los demás.
Tampoco soy de los que dicen: “Esto es una estrategia de los países”, “Yo no le
tengo miedo”, “Es una gripita más”.
¿Qué
podemos hacer nosotros si esto es una estrategia de países? ¿No será más un
pretexto para argumentar que debemos seguir haciendo las cosas como queramos,
sin ninguna responsabilidad?
¿No le
tenemos miedo a un virus, pero si le tenemos miedo a que la economía se
estanque, a qué no tengamos dinero? O más bien, ¿le tenemos miedo a quedarnos
sin libertad?
Y si
tenemos ahora miedo a quedarnos sin libertad, ¿cuándo realmente los seres humanos
hemos sido libres, si nosotros mismos nos hemos encargado de ser cautivos por
los sistemas políticos y económicos?
Si es
tan solo “una gripita”, ¿por qué se han muerto miles y un número mayor se han
infectado en todo el mundo? ¿No qué solo era una enfermedad para los ricos,
para los que solo viajan a otros países, para los que son güeros, de piel fina
y que viven en el aire acondicionado?
Afirmaban
que el virus no sobreviviría a clima cálidos, pero, ¿cómo fue qué aguantó en
Tapachula o en Palenque, en Chiapas, en donde desde semanas atrás hace mucho,
pero mucho calor?
¿No
qué solo “los viejitos se podían morir” o los que tenían otros padecimientos,
dentro de las absurdas declaraciones de muchas personas, pero en México ya son
varios los jóvenes que se contaminaron y ahora se han convertido en la
población vulnerable en contagiarse?
¿Quiénes
somos realmente? ¿Hemos perdido tanto la conciencia y la cordura, como para no
tenerlo miedo a la muerte?
Y si
resultan enfermos, o alguno de sus familiares los alcanza el virus, ¿seguirán
pensando así? ¿O a quién le echarán la culpa? O hasta entonces, ¿reconocerán
que son muy necios?
La
rebeldía a nada bueno conduce. La irresponsabilidad no es la mejor consejera. Y
si a eso le agregamos que hemos confundido la libertad con el libertinaje,
podemos entender los resultados que hoy tenemos.
Todo
lo hicimos mal. Me incluyo, como un simple mortal de esta tierra.
Pero,
hoy tenemos la oportunidad de hacer conciencia. Si queremos, aún estamos a
tiempo.
Analicemos
cuál es nuestro rol en nuestra familia, en nuestra comunidad, en este
mundo.
Debemos
de saber quiénes somos. Reconocer que cada uno forma parte de este gran
engranaje del universo: Chicos y grandes. Pobres y ricos. Padres e hijos.
Y que
debemos de vivir en equilibrio y en armonía con los animales, con la naturaleza
y con la tierra.
Espero
que, en futuro próximo, después que pase esta tempestad, hallamos aprendido la
lección, Si no, seguiremos teniendo problemas mundiales.
Moraleja:
De todas las ruinas del mundo, la ruina del hombre es, sin duda alguna, el más
triste espectáculo.
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